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Saramago explica que la caverna de hoy son los escaparates de centros comerciales

El premio Nobel de Literatura de 1998 publica una novela en torno al mito de Platón

MIGUEL ÁNGEL VILLENA  -  Madrid
EL PAÍS  -  Cultura - 11-01-2001

La lucha de un pequeño alfarero contra un gigantesco centro comercial con el mito de la caverna de Platón como fondo ha servido a José Saramago para escribir su última novela, redactada tras recibir el Premio Nobel en 1998. En una comparecencia ante un centenar de periodistas, donde el Nobel portugués habló más de política que de literatura, Saramago declaró que la caverna de hoy está en los escaparates de los centros comerciales, en ese 'inmenso caleidoscopio'. El escritor resaltó la pereza intelectual de estos tiempos: 'No pensar, no reaccionar, no criticar'.

Saramago ha tejido una involuntaria trilogía sobre las pérdidas del hombre. En Ensayo sobre la ceguera, la pérdida se refería a la vista; en Todos los nombres, al propio nombre; y ahora en La caverna, al empleo. Las tres novelas han sido publicadas por Alfaguara, que ayer convocó una multitudinaria conferencia de prensa en la Casa de América, en Madrid, donde el autor portugués (Azinhaga, 1922) disertó durante cerca de dos horas sobre los temas que le preocupan como ciudadano y como intelectual. 'La amenaza constante hoy es perder el puesto de trabajo y eso condiciona la intervención pública de mucha gente que se autolimita. No desprecio la tarea de los sindicatos, pero van poco más allá de pedir un 0,5% más de aumento de sueldo, mientras las multinacionales lo dominan todo'.

Una pregunta sobre cómo se veía Saramago a sí mismo en los reflejos de la caverna dio pie para que el novelista arremetiera contra lo que considera 'pereza intelectual'. 'Se ha establecido y orientado', aclaró, 'una tendencia a la pereza intelectual y en esa tendencia los medios de comunicación tienen una responsabilidad. Hay gente que dice que ya no hay periódicos, sino sólo empresas periodísticas'.

Contra la globalización

De modo casi inevitable las ruedas de prensa de Saramago derivan en un debate político que el Nobel portugués alienta con sus intervenciones radicales y muy críticas contra la globalización económica y el capitalismo. Afirmaciones como 'la globalización engullirá al ratoncito de los derechos humanos', 'la globalización fabrica excluidos' o 'el totalitarismo tiene muchas caras y la globalización es una de ellas' jalonaron la mayoría de respuestas de Saramago a los periodistas.

Al tiempo que definía a los escaparates de grandes almacenes o centros comerciales como las cavernas de la época contemporánea, 'inmenso caleidoscopio' en palabras del escritor portugués, donde al igual que en la alegoría de Platón los prisioneros creen que ven y describen las cosas reales cuando solamente ven y describen sus sombras o apariencias. Aunque intentó matizar que no tenía nada en contra de los grandes almacenes, Saramago lanzó una diatriba al hilo del argumento de su novela contra las superficies comerciales.

'La ausencia de comunicación es total en un centro comercial', señaló el premio Nobel, 'donde el comprador no necesita intercambiar ninguna frase con el dependiente, a diferencia del diálogo inevitable que se establece en una tienda pequeña. Pero, junto a esa circunstancia, el único espacio público del mundo de hoy es un centro comercial. Antes las gentes se reunían en las plazas o en los jardines, pero ahora ya no son lugares seguros. Los grandes almacenes son, a la vez, las nuevas catedrales y las nuevas universidades. No tengo nada contra estos establecimientos, pero sí contra una forma de espíritu autista de consumidores obsesionados por comprar'.

Veneración por Kafka

Narrada en torno a tres personajes principales (el alfarero y su hija, que trabajan juntos, y el marido de ésta, que tiene un empleo como vigilante en unos grandes almacenes), La caverna gira alrededor de ese monstruoso y siempre distante centro comercial que recuerda algunas imágenes literarias creadas por Franz Kafka. No ocultó Saramago su 'veneración' por aquel autor judío, nacido en Praga y escritor en alemán. 'Asumo y reivindico toda la herencia de Kafka y recuerdo, siempre que puedo, aquella frase suya de que un libro tiene que ser el hacha que rompe el mar helado de nuestra conciencia'.

Se mostró muy escéptico el autor de obras como La balsa de piedra o Memorial del convento sobre la existencia de un narrador en las novelas. 'El narrador no existe', manifestó Saramago, 'es una invención académica. En caso de que exista, no deja de ser un personaje más de una historia que no es la suya. En definitiva, todo está dentro de la novela incluido el autor'.

Pensada y concebida antes de obtener el Premio Nobel de Literatura en 1998, José Saramago ha escrito La caverna en Lanzarote durante los últimos dos años, entre viaje y viaje, conferencia y conferencia. Aparecida en Portugal a finales del pasado mes de noviembre, su rápida salida al mercado español ha sido posible gracias a la traducción casi simultánea al castellano que ha realizado Pilar del Río, la esposa del autor de La caverna.

José Saramago negó haber dicho en una ocasión que prefería que su novela saliera a la venta el 31 de diciembre del año 2000, si bien se mostró satisfecho por el hecho de que La caverna hubiera sido la primera novela que apareciera en las librerías españolas durante 2001. Concretamente, el pasado 2 de enero.




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Lanzarote y los tics masculinos
 

En un ejercicio de autocrítica y de parodia de conductas masculinas, Saramago relató cómo tomó la decisión, en 1993, de abandonar Portugal para vivir en Lanzarote. 'Ocurrió después de que el Gobierno portugués prohibiera que mi novela El Evangelio según Jesucristo fuera presentada a un premio literario europeo. Según el Gobierno de entonces, el libro ofendía a los católicos. A partir de ese acto que yo consideré de censura, Pilar me sugirió que nos fuéramos a vivir a Lanzarote. Al principio le contesté que me parecía un disparate, y poco después, en una actitud típicamente masculina, cambié de opinión. Finalmente, en otro tic masculino, me apropié de la idea y nos fuimos a Lanzarote'.

Nombrado después hijo adoptivo de la isla, Saramago declaró ayer que no pensaba abandonarla. 'No sé si la isla es mi padre o mi madre, pero no voy a ser desleal con quienes me han nombrado hijo adoptivo. No le daré satisfacción a alguna gente y, si insinué la posibilidad de irme, fue un puro desahogo'.

Por la noche, un gentío llenó la Casa de América en la presentación pública de La caverna. Estaban Luis Mateo Díez, Arturo Pérez-Reverte, Eduardo Úrculo; Carmen Alborch y el juez Baltasar Garzón; el presidente del Grupo Santillana, Jesús de Polanco y el presidente de los Editores Españoles, Emiliano Martínez... Fue un acontecimiento cultural de primera magnitud y fue también un concierto con la violonchelista Irene Mina y el pianista Joao Paulo Santos. Después de una hora de música, Saramago rompió a hablar: en medio de un silencio absoluto, y en penumbra, el Nobel no sólo describió el nacimiento de la palabra como música, se declaró a sí mismo una isla entre tantas islas y se enorgulleció de la traducción de la novela -'vivir con la traductora es, además, una satisfacción máxima'-, sino que tarareó la Novena de Beethoven. Al final el Nobel sugirió que en su lápida podría leerse: 'Aquí yace indignado José Saramago'. Después añadió: 'No os resignéis, indignémonos'.

 

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